El secretario general del PSOE busca emocionar a la militancia con besos y exclamaciones teatrales como «¡te quiero!» ante 3.000 afines en Fuenlabrada, intentando blanquear la imputación judicial de su esposa tras el Comité Federal.
En un nuevo ejercicio de dramatismo político y personalismo sin precedentes, Pedro Sánchez ha vuelto a echar mano del melodrama sentimental para intentar amortiguar la asfixia judicial y política que acorrala a La Moncloa. Durante el acto electoral celebrado este sábado en Fuenlabrada tras el Comité Federal del PSOE, el líder socialista convirtió la tribuna en un plató de televisión para escenificar una calculada declaración de amor a su esposa, Begoña Gómez. Frente a 3.000 militantes entregados, el presidente prorrumpió en abrazos y proclamas románticas para blindarse ante las acusaciones de corrupción que salpican directamente a su entorno más íntimo.
«Hoy me acompaña Begoña y quería darte las gracias. Gracias por ser mi esposa, ser la madre de mis hijas y por ser mi mujer», arrancó Sánchez en una estudiada sobreactuación orientada a victimizarse frente al avance de los tribunales. Lejos de ofrecer explicaciones rigurosas sobre los presuntos delitos de tráfico de influencias y corrupción en los negocios que cercan a su cónyuge, el jefe del Ejecutivo remató su alocución gritando al micrófono: «Que lo escuchen alto y claro: te quiero». Una maniobra de distracción con la que pretende desviar la atención de la opinión pública e inocular dosis de emotividad en un electorado desmovilizado a las puertas del 29-N.
La doctrina del «bulo» para esquivar el banquillo y la sombra de las dimisiones en el partido
La impostada estampa conyugal sirvió además de trampolín para que la cúpula socialista cerrase filas en torno a la versión oficial del chantaje reaccionario, mientras la sombra de las irregularidades continúa desintegrando los cuadros del partido.
Por un lado, escuderos del sanchismo como el ministro Óscar López salieron en tromba a arropar a Begoña Gómez bajo la consigna de que «está en su casa», insistiendo en la desgastada tesis de que las investigaciones abiertas por la Justicia responden únicamente a «bulos» orquestados por la oposición. Este cierre de filas defensivo pretende deslegitimar el trabajo de los jueces a las puertas del banquillo, presentando las exigencias de transparencia ética como un ataque contra la intimidad del presidente.
Por otro lado, la mascarada afectiva de Fuenlabrada no logró eclipsar la tensión interna tras la fulminante dimisión de la portavoz Montse Mínguez. Mientras dirigentes como Ángel Víctor Torres y Diana Morant intentaban justificar a duras penas la caída de la dirigente por el escándalo de los 30 pisos de alquiler de su pareja, barones como Emiliano García-Page escenificaban el rechazo interno plantando el Comité Federal. El intento de Sánchez de responder a los tribunales con besos de cara a la galería demuestra el agotamiento de un proyecto político que confía su supervivencia al populismo emocional antes que a las explicaciones públicas.











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