Episodios de tensión y abusos en las puertas de entrada al coliseo azulgrana empañaron el espectáculo del Clásico, donde la seguridad privada del club impuso el veto a prendas y camisetas del Real Madrid en zonas locales bajo la amenaza de expulsión.
El marco del Clásico volvió a dejar pasajes lamentables fuera del terreno de juego que retratan la deriva hostil que se vive en las instalaciones del FC Barcelona. Diversos aficionados del Real Madrid sufrieron situaciones de coacción e intimidación en los controles de acceso al estadio azulgrana, donde se les obligó a quitarse las camisetas y bufandas madridistas para poder cruzar los tornos de entrada. Bajo la premisa de una supuesta normativa de prevención de riesgos, el personal de seguridad privada del club catalán volvió a dispensar un trato discriminatorio a seguidores pacíficos que únicamente pretendían acudir al encuentro luciendo los colores de su equipo.
Las imágenes y testimonios recogidos en los aledaños del feudo barcelonista mostraron a familias y jóvenes viéndose forzados a desprenderse de sus prendas oficiales en plena calle, guardarlas en mochilas o incluso darles la vuelta antes de acceder a la grada. La política de apaciguamiento de la junta directiva culé, lejos de perseguir de forma tajante la intolerancia o los conatos de agresión de los sectores radicales locales, ha vuelto a optar por el camino fácil: criminalizar a las víctimas y castigar la libertad de vestimenta del aficionado rival.
La paradoja del abolicionismo de colores: indefensión del aficionado y complicidad institucional
El sistemático veto a la simbología madridista en las zonas no acotadas para la hinchada visitante constituye un atropello a los derechos del espectador que contrasta de forma sangrante con el ambiente de respeto que se respira en otros feudos de la élite europea.
Por un lado, resulta inadmisible que un club deportivo imponga un régimen de censura textil en sus instalaciones, obligando a ciudadanos que han pagado entradas a precios astronómicos a esconder sus sentimientos futbolísticos bajo la amenaza de quedarse en la calle. La justificación de evitar conatos de violencia en sectores mixtos enmascara una grave falta de autoridad para garantizar la convivencia pacífica, convirtiendo la intolerancia de unos pocos en la doctrina oficial de la entidad.
Por otro lado, la pasividad de los organismos reguladores ante este tipo de prácticas arbitrarias perpetúa una asimetría inaceptable. Mientras en coliseos como el Santiago Bernabéu los seguidores rivales acuden con absoluta libertad y seguridad luciendo sus elásticas, la visita al FEUBO azulgrana se convierte para el madridista en un ejercicio de cautela frente al abuso de poder de los controles de seguridad. Exigir el fin de estas medidas sectarias es una condición indispensable para devolver la concordia y el sentido común al espectáculo del balompié español.











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