Hay olores que te anclan a la infancia antes incluso de que sepas ponerles nombre: el calor húmedo de los empaquetados, el crujir seco de la hoja de platanera cuando sopla el alisio con fuerza y ese aroma inconfundible a madrugada de riego en la finca. Para los que hemos crecido con las botas embarradas entre bancales, el plátano no es una simple fruta ni un Neonato comercial que aparece lustroso en los estantes de un supermercado peninsular. Es nuestra historia en fosor, el sudor de nuestros abuelos hecho fruto y el latido económico que ha mantenido vivas a estas islas cuando el viento soplaba en contra.
Por eso duele tanto. Duele en el alma y escuece en las manos ver en lo que se ha convertido nuestro bien más preciado: el juguete favorito de los despachos, la pieza de un tablero de Monopoly donde unos pocos hacen caja mientras el agricultor se ahoga en su propia orilla.
El insulto de los 32 céntimos
La realidad que marcan los números este mes de septiembre es, sencillamente, obscena. Mientras en los lineales de Madrid o Barcelona el consumidor paga el kilo de plátano a un precio que roza el artículo de lujo, el productor de aquí, el que madruga con la fresca para lidiar con el caballete, el agua cara y las plagas, recibe en origen poco más de 32 céntimos por kilo. Hagan cuentas. Producir esa misma fruta cuesta entre 80 y 90 céntimos.
Es decir, cada racimo que sale de nuestra tierra hacia el continente se vende por debajo de su coste de producción. Estamos financiando la especulación de las grandes distribuidoras a lomos de la ruina de las familias canarias. Nos exigen cumplir con la normativa medioambiental más estricta del planeta, soportar los sobrecostes de la insularidad, tragar con la competencia desleal de bananas ajenas que entran sin las mismas reglas… ¿para qué? ¿Para que el esfuerzo de todo un archipiélago acabe convertido en el producto reclamo de las grandes superficies?
La paradoja cruel: tirar comida mientras el campo llora
Lo más sangrante, aquello que te revuelve las tripas y te empuja a escribir con rabia contenida, es ver la cara B de esta pantomima. Millones de kilos de plátanos perfectos, cultivados con mimo bajo el sol atlántico, apartados y retirados del mercado (las famosas picas) porque «sobran» y hay que regular artificialmente los precios.
Tirar el alimento al que le has dedicado tu vida entera mientras las familias lo pasan mal y los intermediarios se frotan las manos en la península con márgenes abusivos es una indecencia social. Se especula con el oro verde como si fuera criptomonedas o barriles de petróleo, olvidando que detrás de cada caja hay un agricultor que ya no sabe si arrancar las matas o seguir hipotecando su dignidad.
Defender lo nuestro antes de que sea tarde
Aquí nadie pide limosna; pedimos justicia y respeto. El Posei y las ayudas europeas deberían ser un colchón contra la lejanía, no el suero artificial que mantiene con respirador asistido a un sector al que están desangrando por el camino.
Nos están cambiando la identidad por Centimos en una hoja de Excel. Y los canarios, que siempre hemos sabido abrirnos paso entre barrancos y mareas, tenemos que alzar la voz antes de que este paisaje de plataneras verdes que corona nuestras medianías se convierta únicamente en el decorado nostálgico de lo que fuimos. Porque cuando se especula con el plátano, no están jugando con una fruta: están jugando con nuestra supervivencia.







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