La dirigente socialista anuncia que da «un paso atrás» y renuncia a las listas del 29-N amparándose en el victimismo de la «ultraderecha», tras ser incapaz de sostener la doble moral del PSOE ante las informaciones de su patrimonio familiar.
La insostenible presión política y mediática ha terminado por forzar la capitulación en la cúpula de Ferraz. La portavoz de la Ejecutiva Federal del PSOE, Montse Mínguez, ha anunciado su dimisión fulminante y su renuncia a encabezar las listas al Congreso por Lérida para las elecciones del 29 de noviembre. A través de un comunicado difundido en sus redes sociales donde asegura dar «un paso atrás», la dirigente cae víctima del demoledor reguero de informaciones que han destapado las condonaciones de deudas municipales en Cataluña y el opulento entramado inmobiliario que rodea a su pareja.
Lejos de entonar la autocrítica o asumir la incompatibilidad ética entre el discurso inquisitorial del Gobierno contra la propiedad privada y los lucrativos negocios de su entorno personal, Mínguez ha preferido despedirse recurriendo al manido argumentario del victimismo oficialista. En su escrito, justifica su salida afirmando actuar en defensa del «proyecto colectivo» frente a una supuesta «ultraderecha que llama a las puertas», una pirueta dialéctica destinada a enmascarar lo que en la práctica es un verdadero rescate de emergencia para evitar que el escándalo siga desangrando la campaña electoral de Pedro Sánchez.
Un cortafuegos desesperado de La Moncloa ante la evidencia del escándalo
La renuncia obligada de la portavoz parlamentaria retrata la fragilidad del relato socialista, atrapado entre las proclamas populistas sobre el acceso a la vivienda y la realidad de las prebendas de sus propios cuadros.
Por un lado, la caída de Mínguez dinamita el cortafuegos con el que el aparato de Ferraz pretendió proteger durante semanas a su portavoz, tildando de «ataques personales» la fiscalización de las deudas condonadas a la empresa de su pareja y la acumulación de más de treinta pisos en alquiler. La evidencia de que la dirigente aplicaba en su ámbito privado el modelo de rentismo que el Ejecutivo criminaliza públicamente acabó convirtiendo cada una de sus comparecencias en una bomba de relojería para las aspiraciones electorales del PSOE.
Por otro lado, la utilización del comodín de la «ultraderecha» para justificar su dimisión certifica el agotamiento del discurso de Moncloa. Ninguna excusa ideológica puede tapar la gravedad de los favores administrativos y la profunda incoherencia moral de una cúpula política que exige sacrificios a la ciudadanía mientras blinda los intereses de sus dirigentes. La dimisión de Montse Mínguez supone así la admisión de una derrota política en toda regla y una prueba más del estado de descomposición que asola al partido del Gobierno a las puertas de las urnas.











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